miércoles, 22 de agosto de 2012

Avión presidencial: crimen de Estado

Miércoles, 8 Agosto 2012
por Ricardo Rocha

Si se produce la compra de un nuevo avión presidencial a un costo de 750
millones de dólares, será el peor robo a la nación de todos los tiempos.

Nada hay que pueda justificar un gasto tan monstruoso de nueve mil 800
millones de pesos: equivalentes a 98 universidades a un costo de 100
millones de pesos cada una; 196 escuelas medias de 50 millones; al menos
nueve hospitales equipados de más de mil millones cada uno o 19 mil 600
casas de 500 mil pesos.

Además, los argumentos del señor Poiré y la Sedena son tan irracionales
como ridículos: que urge por la “seguridad nacional y del Presidente”; que
será un Boeing 787 cuyo precio original es de 190 millones de dólares, pero
al que durante tres años le harán “algunas adaptaciones” para entregarlo en
2015 con un incremento a 750 millones de dólares. ¿No es verdaderamente
demencial? Primero, quién les dijo que a los mexicanos nos va la vida en
ello. Además, si es tan urgente, por qué no venden —aunque sea como
chatarra— la actual flota presidencial de 15 aviones y compran, pero ya, un
par de naves eficientes a no más de 100 millones de dólares por unidad y
para uso inmediato.

A ver: el avión más famoso, espectacular y completo del mundo, el
celebérrimo Air Force One, que utiliza el presidente de Estados Unidos —con
todo y su sofisticadísimo equipamiento que hemos visto en las películas—
está valuado en 350 millones de dólares, ¡menos de la mitad de lo que
costará el avión mexicano! Así que uno se pregunta si acaso tendrá un
centro de comando de armas nucleares por encima de Washington y Moscú. O
qué lujos piensan ponerle para justificar tamaña fortuna en “adaptaciones”.

¿No es un dispendio aberrante en un país con 60 millones de pobres?

Con esa compra iremos también derechito al museo de los horrores del
tercermundismo: con el tiranuelo Bokassa y su trono de oro y terciopelo,
cubierto de mink y asándose en los 45 grados de África Central; el
antropófago Idi Amin, declarándose el último rey de Escocia; un narco de
Lamborghini en la Sierra de Sinaloa; el analfabeta Vicente Fox encabezando
un “centro de estudios”; el presidente de un país pobre como México, con el
avión más caro del planeta.

Si alguien cree que exagero, aquí algunos datos comparativos:

— El avión comercial más lujoso que existe es el Airbus A-380 VIP Playing
Palace, de Singapore Airlines para 300 pasajeros, que cuenta con cuatro
suites con cama king size. Está valuado en 220 millones de dólares.

— Le siguen los Airbus A-330 de Air China, que no cantan mal las pekinesas
y cuentan con bar, salas de estar y otras monerías. Cada aparato cuesta 180
millones de dólares y transporta 250 pasajeros.

— En lo que hace a jefes de Estado —aparte del ya comentado Air Force One—
el campeón es el avioncejo del sultán de Brunei; el mismo del palacio de
mil 500 habitaciones y una colección de cinco mil automóviles de lujo;
bueno, pues su artilugio aéreo es un Airbus A-340 para 300 pasajeros, cuyo
costo inicial era de 230 millones de dólares. Para sentirse un poco más
cómodo, redujo el cupo a 110 personas —incluyendo sus 20 esposas— y mandó
hacerle algunos trabajitos como alfombras persas, incrustaciones de piedras
preciosas, jacuzzis y baños con llaves de oro. Las mil y una noches a un
costo adicional de otros 200 millones de dólares, para un total de 430
millones. Ahora, para entripado del señor Sultán, su palacio volante
parecerá un aeroplano de interés social —casi un Flecha Roja con alas—
frente al avionzazo presidencial mexicano, de casi el doble de valor.

— Otros comparativos válidos son las compras recientes de nuestras líneas
aéreas, equivalentes a 750 millones de dólares: Aeroméxico, tres Boeing
737-800, dos Boeing 787-800 y cuatro Embraer; Volaris, ocho Airbus A-319;
Interjet, 15 Sukhoi Superjet, sólo que en este caso pagaron 650 millones de
dólares y les hubieran sobraron otros 100.

Más aún: Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, no tiene avión privado,
utiliza el mismo de 10 pasajeros que sus ejecutivos de Carso, aunque
supongo que tiene preferencia; su hipercuate Bill Gates —también en el
ranking de los más cargados del globo— usa un Bombardier BD 700 de 45
millones de dólares; su socio, Paul Allen, quien es más gastalón, le vendió
en 2011 un equipadísimo Boeing 757 al mítico Donald Trump por la fabulosa
cantidad de 100 millones de dólares; el avión privado del multibillonario
saudita, príncipe Alwaleed Bin Talal, un gigantesco Airbus 380, costó
originalmente 319 millones de dólares, pero como lo bañó de oro y otras
cositas, su precio aumentó 60 millones más, a 379 millones de dólares.

Pues todos ellos parecerán indigentes ante el surgimiento del nuevo,
deslumbrante e indignante avión presidencial de esta dolorida nación. El
más dramático ejemplo de nuestro subdesarrollo. Un insulto a los 30
millones de hambrientos, ocho millones de “ninis”, tres millones de
desempleados y 14 millones de informales. Estamos, por lo tanto, frente a
un crimen de Estado.

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